¡Porque sigo siendo el Rey!

1

“Una piedra del camino
me enseñó que mi destino
era rodar y rodar…”

Emergió de su infierno (en su maldita cabeza un torbellino) en el metro de Banco de España, y como alegoría de su vida, frente a él La Gran Vía en cuesta arriba. Siempre la puta cuesta arriba.

2

El boxeador miró al cielo, deslumbrado por el sol.

3

Con los ojos semicerrados buscaba las respuestas arriba que adentro se le planteaban.

4

Con su peculiar concepción de lo divino, entre animista, santera, chamanista y qué sé yo, siempre sintió a su ángel custodio velando por el pegamento de sus fragmentos.

5

Tantos golpes dio al cielo como golpes dio en el saco recriminando a Dios su escasa suerte. 180 grados de cielo y ni rastro de Él. Y sin embargo, en su piel, multitud de iconos religiosos. Cristo, cruces y un buda. Corona de espinas y un Ohm. Un verso de El Corán y su nombre en sánscrito. Una flor de loto, un rosario y el ojo de Horus. Un dios jaguar y el Espíritu Santo. Otro mapa para escapar de otra prisión. Opio y espíritu.

6

De vuelta a la tierra, no siente sus pies firmes. No hay raíces en este suelo. Es imprescindible anclar el pie, de ahí procede la fuerza en cada puñetazo. Desde el pie a la cadera, de ahí al hombro y por fin llega a los nudillos. ¡Bum!

7

Una plegaria más elevada a los dioses de la Fortuna, maldita perra evasiva.

8

Aún tiene tiempo antes del combate para patearse los alrededores del cuadrilátero. Tantos pensamientos dando vueltas tan deprisa le impiden tomar decisiones. Inspira, expira fuerte tres veces.

9

Quizás ha llegado el momento de ver por fin lo que hay al otro lado del muro. Quizás hoy es el día en que su suerte cambia. A hostias. Siempre a hostias.

10

La pelea le salvó de su barrio, de su entorno, de la droga y la delincuencia. Es una historia mil veces oída. Pero es una historia cierta. Como cierto es que la lucha también te lleva a la noche cuando bajas de tu esquina y hay que pagar facturas.

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Entra en una cafetería y se pide un poleo menta. “Quién te ha visto y quién te ve” piensa sonriendo. Se limpia con una servilleta y se ríe para adentro repasando su trayectoria que acaba hoy en un poleo menta sin azúcar.

12

Sale a la calle. Ya no queda mucho para ponerse las vendas en las manos. El boxeador se dirige hacia el lugar del combate.

13

Un presagio: un cuervo negro gritando sobre un altavoz. Luchando para que su voz se imponga sobre un sonido banal amplificado. Si algún animal simboliza su alma, ese es el cuervo. Si contra algo siempre ha luchado es contra el ruido de fondo de un planeta hostil.

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Un cuervo reacio siempre a pasar por el aro. Y sus alas son su afán. El único paso atrás permitido es para coger impulso. Es la regla de oro del boxeador.

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Sale del bar y se para ante la puerta cerrada de La Fábrica de Pan. “Para beber barato y bien”. Hoy no. He perdido muchas batallas por beber barato y bien. Hoy no. Hoy no. Hoy no.

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La bebida y el dolor se llevaron ahorros y sueños. Dejaron un alma en alquiler. Barata, un chollo para el Demonio. Y es que hoy no. Hoy es el día del Fénix ¡carajo!

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Llega al ring y se sube al escenario, con sus guantes bien atados y debajo sus puños apretados. Un montón de nostálgicos han venido a ver a la vieja gloria del rock n roll.

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Comienzan a sonar los primeros acordes. Desmonta el micrófono del pié y el boxeador vuelve a la pelea.

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¡Esta noche va a ser jodidamente grandiosa! ¡Vais a bailar, cabrones! ¡PORQUE SIGO SIENDO EL REY!

Textos: Pedro Monedero. © 2016.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2016. 

Localizaciones: Madrid.

© 2016. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor.  microrrelatosvisuales@gmail.com

Las figuras excluidas

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Desde el punto de ser de una nube veo ideas sin sombra sobre una extensa película y contemplo los límites del mundo.

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Era cálido y una brisa… Pero de pronto, se puso muy frío. No, en la memoria guardo mal la temperatura así que acostumbro a inventarla, pero sin duda albergo datos mucho más nítidos de todo lo que me rodeó en aquel asunto.

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Llegué al sitio temprano, mucho antes que nadie pisara los empedrados. Me movía la ilusión de encontrar una de las tres figuras lógicas que Wittgenstein había descartado en su Tractatus, la última.

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Dos ya habían sido descubiertas en el garaje de una vieja escuela pública de Noruega, donde en su rebelde retiro asistiera como profesor.

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Las figuras descartadas de su único libro, manuscritas crípticamente en tinta sobre papel, estaban engruñadas entre las ferrosas piezas de la que fue su motocicleta. Luego, las habían subastado en plan absurdo y a un precio que los chinos cuadruplicaron.

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Ahora permanecían ignoradas de forma inexplicable en el museo de Weihai aunque, ya había ocurrido, a un equipo de científicos chomskianos le interesaban.

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No más quedaba revelarlas al lenguaje ordinario y ya, por fin, descubrir la regla que, acaso, faltaba para esclarecer el tratado filosófico.

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Yo no me hubiera enterado de nada si no fuera porque aquel año tuve la idea de invertir todo mi subsidio en un curso sobre él en la desvencijada universidad pública.

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Y habían llegado a mí certeras intuiciones, en desveladas noches de insomnio, de que la tercera figura lógica me pertenecía; lo que era hallarla y traducirla.

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Eran enunciados sueltos que coincidían en la bodega de un legendario pueblo costero. Lo conocía, por supuesto, por eso fui.

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La figura, según los enunciados, se hallaría en línea al mirador candado dentro de un barril vacío.

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Conté tres sinsentido lógico y me lo llevé; con la suerte de que nadie me estaba mirando. No me pregunté por qué motivo el autor austriaco se había ido a pensar a una bodega, tan cerca de mar, ni por qué hubiera querido descartar allí una de sus figuras lógicas. Nadie me estaba mirando, insistió algo. Me estremecí, el sitio podía estar desalmado.

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Pero el misterio de las figuras me atrapaba más, así que abrí el tapón del barril e inhalé la ilusión de que mi mente se disfrazaba de figuras lógicas no mías. ¡Witt me hablaba al oído! En un alemán puro y sencillo me comentó que me fuera a pasear:

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“Verás a otros humanos” —susurró—. Te lo digo con sabiduría, la curva del horizonte se soporta mejor así.

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Me estaba descifrando su primera figura descartada; y ya, ya deduje por qué la había desestimado. Pues, porque era la mar de sencilla y el mar profundo.

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La segunda figura desechada era más nítida; la había conceptualizado analíticamente con la media de todos los estímulos sentidos en común; no tenía ningún misterio y me gritó:

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“No pienses, mira, ¡mira! …cómo pisa el perro las arenas movedizas”.

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Caramba, todo se estaba resolviendo tan bien que la tercera figura que me acababa de inhalar sería oceánicamente clara de más.

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Pero no; inesperadamente se volvió a subir por su escalera transparente y se tiró en una nube.

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“Como sigas cuestionando mi libro te quedarás excluida”.
Me ¿amenazaba?

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Sí. Caí con violencia en mí. Lo de Witt y las figuras lógicas me sobrecargó de morriña. Como cuando contemplo el mar.

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Pensar que estalló en pompitas para que yo saliese a vivir. Y luego, total…

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Mira. Me observa en su inmensidad queriendo saber.
“Pero, ¿qué demonios dice la tercera figura?”

Textos: RosaM Viéitezt© 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013. 

Localizaciones: Cadaqués, Pals y Peratallada (Girona).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor.  microrrelatosvisuales@gmail.com

 

Estreno vida

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La vida acaba de darme con la puerta en las narices… Tras varios intentos llevados a cabo durante los últimos doce meses, ha decidido cargar con todo su cinismo y derrumbar todas mis estructuras físicas y emocionales.

5

Eso pensaba yo. ¡Juego limpio, queridos! Nada puede comparársele… pero es una actitud tan poco frecuentada que se convierte en excepción y, sobre todo, en la base de toda gran decepción. La decepción que ha llenado mis días en las últimas semanas. La que me ha agotado hasta tocar fondo.

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Pero el sol sale y vuelve a ponerse cada día. Con nubes, con desastres naturales, con bajones emocionales…

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Así que si la realidad me ha estallado en los morros con su versión más mezquina, voy a contestarle a mi manera. Voy a demostrarle que siempre existe la oportunidad de recoger mis pedazos con exquisita dignidad y emprender otro camino en una nueva dirección… especialmente si puedo escoger ese nuevo recorrido, con chófer o sin él.

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Abandonaré las antiguas sombras que envolvían mi corazón, cerraré los postigos a mis nuevos enemigos y buscaré aire puro para oxigenar de nuevo mis ganas de vivir.

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No voy a dejarme impresionar por antiguas historias de amor que caducaron hace mucho. No quiero, ni necesito, tipos serios que pretendan decirme qué debo hacer… qué debo sentir… a quién debería obedecer…

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Buscaré paisajes amables, escenarios soleados para calentar mi alma y compañeros de viaje que se rían con mi risa, que me ayuden a secar las lágrimas y a mantener a salvo mi corazón.

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Y cuando los encuentre pasearé tranquila por sus calles, disfrutaré de sus rincones y su belleza, y escucharé la calma que respira mi corazón.

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No quiero palacios. No tengo grandes pretensiones ni futuros a largo plazo.

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Solo aspiro a sentirme viva y sin miedos. A tomar mis propias decisiones y dejarme llevar por lo que me va surgiendo al paso en cada día nuevo que empieza.

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Y un buen día, al doblar la esquina en este nuevo camino, volveré a encontrarme con una puerta cerrada. Pero para entonces, mi corazón ya habrá encontrado su llave, ya sabré como adentrarme en el interior de mi nuevo universo.

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Sabré cómo entrar en la que será la casa que me ofrecerá todo lo bueno que he dejado de vivir hasta hoy. A la luz de un nuevo sol…

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…bajo la sombra de las palmeras de mi nuevo caribe…

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…con el agua transparente rompiendo a mis pies…

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…y la promesa de nuevos amaneceres, en buena compañía.

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Y mientras encuentro mi nuevo sol, mi nuevo paisaje, mi nueva historia…

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…no se me ocurre otra forma mejor de esperar…

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…que la de compartir cervezas y planes en una mesa al fondo del Betty Ford’s.

Textos: Anna Huete. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013.

Localizaciones: Barcelona y Sitges.

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor microrrelatosvisuales@gmail.com

Escalera a ninguna parte

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Sarah Winnchester, la viuda del tipo de los rifles, creía que los fantasmas de todos los que habían muerto por causa de las armas que fabricó su difunto esposo, le perseguían. Una medium le convenció de que la única manera de despistar a todos esos espíritus de cherokees y pioneros del Far West, era que su casa estuviera en constante construcción. Así lo hizo, durante 38 años, hasta que murió ¿plácidamente? en la cama a los ochentaitantos.
Creo que he estado haciendo lo mismo con mi corazón. Enamorándome una y otra vez para huir de los fantasmas que me persiguen. Uno de ellos casualmente se llama Sarah.
Así que allí estaba, con conflicto interno incluido, en San Francisco. Un patético Ulises solícito ante el canto de una sirena cruel. Bueno, a mí se me antoja cruel. Quizás era sólo egoísta. O simplemente despistada. No sé.

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Ahora, libre del turbio presente continuo, con la lucidez que otorga el pasado imperfecto, debería verlo todo más claro. Al fin y al cabo el mañana que tanto me asustaba acabó convertido en ayer. Lo que fue un dolor literalmente físico, hoy es poco más que una anécdota “literable”… Creo.

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Es evidente que todo nos conforma. Ese fugaz presente, como un reflejo desdibujado, es el resumen holístico de quienes somos. Las oportunidades perdidas, las opciones desechadas, los errores cometidos, también son YO. Y también lo son nuestras pesadillas.

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Contigo siempre tuve miedo a cruzar la raya. Si bien es cierto que imaginé cruzarla cientos de veces, incluyendo fantasías onanistas de pobre “pagafantas”. Confesión. Perdóneme padre porque he pecado.

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No perdía la esperanza de que me vieras (al final me sumerjo en la segunda persona, me sigo confesando) con los ojos que yo pretendía. En una ocasión vislumbré esa mirada… al menos acabamos en la cama (en la misma los dos y no como casi siempre…). También es cierto que esa noche nos bebimos hasta el agua de los floreros y que por la mañana me despediste con un beso en la mejilla. Y con un azote en el culo, también lo recuerdo.

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Volar a San Francisco fue otra encrucijada de caminos de tu vida en la mía. Quiero decir: Te vas, porque te enamoras de quién sé yo (si lo sé, pero no me da la gana). Te deja, o lo dejáis, qué más da (sí que da, qué cojones). Y me llamas desolada, abandonada, cabreada (y muchas más cosas acabadas todas en –ada). Y voy yo y… voy.

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Mi corazón “under construction” persiguiendo a tu corazón recién demolido. ¿Y sabes qué es lo peor? Que era plenamente consciente de la pérdida de cualquier dignidad que se me supusiese. ¿Y?

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La cabeza está en constante conflicto con el corazón. Por eso nos duele siempre el cuello ¿cómo no va a dolernos en medio de esa batalla sin salida en el teatro que es la vida? ¿teatro digo? Guiñol de cachiporrazos. También sin salida, eso sí.

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Reconocerás, al menos, que le eché cojones al asunto. Prácticamente quemé mis naves al ver en el horizonte una pequeña señal difusa de posible disfrute carnal. Y venga kilómetros de Océano Atlántico por un polvo. En serio. Al final es así de triste. ¿Es esto o no una confesión sincera?

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Vale, quizás sea este cinismo una barrera protectora. Quizás estaba enamorado. Pero quizás estaba enamorado de alguien que me había inventado. Y creo que me di cuenta al dejar la maleta al lado del sofá-cama del pequeño salón de tu apartamento. ¿O fue después? No, fue ahí.

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Como buena anfitriona y cicerone avezada, me enseñaste “tu” ciudad. Paseábamos cogidos de la mano como si fuéramos novios. No, era yo el que te cogía la mano como si fuéramos novios… el que miraba tu perfil sonriente, el que me ahogaba en el destello del sol en tus ojos, el que se embobaba en tu nuca al descubierto si bajabas la cabeza, el que se excitaba al percibir tus pezones bajo una ajustada camiseta de algodón. Y el que te miraba el culo de reojo. Ese también era yo.

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Viví esos días como un “deja vu”. Puede que fueran las pelis, o la series, o era yo otra vez haciendo de nuevo el memo. Pero con una diferencia, en esta ocasión era plenamente consciente de estar haciendo el memo. Memo a propósito no resta memez.

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La aceptación del hecho de que tú nunca ibas a sentir lo que yo, fue un triunfo en toda regla. También fue una hostia muy gorda. Nunca me amarías. Y de repente…

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De repente el día “d”, a la hora “h”, en una calle de San Francisco, con un yo autoconsciente y en plena aceptación de su derrota sentimental, vas tú, me coges la cara, me dices “muchas gracias por estar aquí” y me besas en la boca durante 5 años seguidos. A lo mejor fueron 8 ó 9 segundos, vale, y los 5 años eran de nuevo atrás en el tiempo. Y todo mezclado, esos 5 años, esos 8 segundos, todos los kilómetros recorridos, tu lengua, mi erección… estalló en una certeza: Ya no te amo. Ya no te amaba.

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Quien me entienda que me compre, ya lo sé. Esa noche, la noche en la que ya no te quería, hicimos el amor. Qué paradoja ¿verdad? Sí, creo que es más correcto que diga que follamos. Y follamos como Michael Douglas y Sharon Stone en Instinto Básico, como leones y como si no existiera el mañana. Y en mi cabeza una telaraña de sentimientos y pensamientos ¿cómo no me va a doler el cuello?

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La vida, es un pensamiento antiguo que vengo teniendo, es un tranvía o un autobús en el que se van subiendo unos y bajando otros. Constantemente. Unos comparten contigo asiento y largos viajes, otros una sola parada y al instante ni recuerdas su rostro. En San Francisco cogiste un tranvía que no era ya el mío y te alejaste. Te alejaste mirándome y dándote cuenta de todo.

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Y en el tranvía que es la vida llegó ella. Por sorpresa. Tu compañera de piso regresaba de pasar unas vacaciones en casa de sus abuelos en Guangzhou. ¿No es la vida rara de cojones?

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Maikeru, aunque se presentó como Miky. El corazón me bajó hasta el estómago. Se presentó en tu casa un día que tenías turno de mañana en la agencia. Los dos nos pegamos un susto de muerte y después estuvimos riéndonos un montón de tiempo tras las pertinentes explicaciones.

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Bella, simpática e inteligente. Decidimos ir a comer juntos. Chinatown pareció la mejor opción porque, a pesar de que vivías realmente cerca, nunca habíamos paseado por la más grande y antigua población asiática de América. Imprescindible para el turista. No me enteré de nada a pesar de que no me perdía ni una de las palabras que me decía. El continente, asiático, eclipsó el contenido.

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Entre cangrejos, “dimsunes” y arroz 5 delicias le conté mi vida y mis secretos. En inglés me salió más fácil… Entonces me cogió la mano mirándome directamente. Sonrió con los ojos serios, brillantes. Y me enamoré. Y es que encima estaba muy muy buena, qué carajo.

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Después del restaurante seguimos paseando y acabamos en una tienda de música. Tenían instrumentos y también vinilos. Miky encontró un disco que aparentemente le hizo mucha gracia, “Sketches of Spain” de Miles Davis. Se lo compré.

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Fue un día perfecto en la ciudad de las cuestas.

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Quise ver señales por doquier que me confirmaran que todos mis errores, o mis locuras, o mis malas decisiones, habían ocurrido para que yo estuviese en ese sitio, tu casa, en ese momento para encontrarme con ella. The Fate.

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Reconozco cierta ceguera voluntaria, selectiva. Se me escaparon las sombras deslumbrado por el deseo.

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Volvimos al apartamento y pusimos el disco de Miles Davis con arreglos de Gil Evans. “Recording is designed for use on 33 ,1/3 rpm stereophonic reproducers”. Sopesé el disco, un montón de gramos de vinilo, y me decidí por la cara 2. Empezó a sonar “The Pan Piper”. Y bailamos.

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No recuerdo más. He intentado un montón de veces reconstruir aquel día para intentar desentrañar el sentido de que de repente mi memoria funda a negro al llegar al momento en que intento besarla.

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He regresado físicamente al restaurante en el que comimos y charlamos. Mentalmente lo he hecho cientos de veces.

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Recreé nuestro día juntos paso a paso, intentando comprender. Confundido y… cagado de miedo.

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Creo ahora ciegamente que existen dos planos existenciales, y que en ocasiones un plano penetra en el otro. Esto sigue siendo mi confesión.

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Lo siguiente que recuerdo de aquel día es que seguía sonando “The Pan Piper”, pero al abrir los ojos me encontraba en una butaca del Market Street Cinema viendo un espectáculo de showgirls.

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Salí, confundido, a la calle. Recorrí Market Street con una embriaguez extrañísima.

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Llegué a tu apartamento ya de día. Me preguntaste qué dónde me había metido toda la noche y yo te pregunté por Maikeru. ¿Maikeru? Dijiste sorprendida. Que por qué te preguntaba por ella, que quién me había hablado de ella ¿el portero? ¿El portero? No entiendo Sarah, Maireku, Miky, tu compañera de piso. ¿Mi qué? Reíste. Es una historia que da mal rollo, la verdad, continuaste, era la anterior inquilina de este piso. Una historia truculenta, trabajaba de stripper ¿te lo puedes creer? La asesinaron o algo así.
En la casa de Sarah Winchester había varias escaleras de 13 escalones que no llevaban a ningún sitio. Empezaban en el suelo y acababan en el techo.

Textos: Pedro Monedero. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013.

Localizaciones: San Francisco (California, Estados Unidos de América).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor microrrelatosvisuales@gmail.com

Con ojos de niña

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Oculto. Misterioso. Subterráneo. En todas las ciudades subyace un mundo paralelo, poblado de inmensos laboratorios en constante ebullición. San Francisco no podía ser menos.

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Sus habitantes son los Francisquitos: unos seres rosáceos que minuciosamente elaboran complejos ungüentos para que la ciudad externa siga siendo multicultural, divertida, plural y diferente. Son héroes anónimos.

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Nunca he estado en San Francisco. Tan sólo el cine y la televisión me han permitido acercarme a ella. Una densa niebla me separa de la imagen real. Hoy viajaré hasta allí, pero será un viaje diferente: sin pasaporte ni equipaje.

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Ellas son Irati y Haizea, y desde este momento se convertirán en mis ojos. Serán mis guías en un viaje imaginario. A través de su mirada inocente y transparente descubriré los misterios de la ciudad. Están echando a suertes qué medio de transporte tomarán para emprender esta nueva aventura.

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Irati es el nombre de un río navarro y también el de una selva que alberga uno de los hayedos más grandes de Europa. Siguiendo el cauce de su nombre, Irati decide embarcarse en un gran velero.

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Haizea, es viento en euskera. Más etérea que la primera, opta por el cohete. No quiere llegar a la luna, pero sí contemplar la ciudad desde las alturas. Comienza la cuenta atrás. Abróchense los cinturones, que comienza el viaje.

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Me sumo a Irati para surcar las aguas de esa inmensa bahía. Aguas que se convierten en espejos donde se reflejan sueños truncados, libertades ahogadas y huidas hacia adelante. A esta ciudad llegaron en la década de los sesenta miles de personas en busca de libertad.

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Levanto la cabeza atónita. Y ahí está. Por fin. Majestuoso, impresionante. Un auténtico dios de hierro. Es el Golden Gate. Irati está pensativa. No entiende porqué no se llama Red Gate si es de color rojo. Le digo que simplemente es una de las tantas contradicciones propias de los adultos. Todo sería mucho más sencillo si siguiéramos la lógica de los niños.

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Mientras tanto Haiza ha cogido la altura suficiente para disfrutar de las vistas. Tiene su atención puesta en el mismo punto que nosotras. Con una sola diferencia: ella no ve un puente, sino un gigantesco arpa. El viento choca contra sus cuerdas y el sonido resultante despierta a esos Francisquitos subterráneos. El Golden Gate se convierte por unos instantes en el nuevo flautista de Hamelín.

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Una dulce melodía que traspasa las barreras del agua. Sólo los peces más extraños sobrevivirán a este embrujo musical.

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Su mirada se desvía a una sinuosa calle: es la Lombard Street. La más coqueta de todas. Recién salida de la peluquería, alza su melena ondulada al aire, sabedora de que es una de las más aclamadas por los turistas.

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Irati hace un alto en el camino. Abandona el barco. Prefiere tener los pies en la tierra. Por eso opta por uno de los tranvías tan típicos del lugar.

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Así sentirá más de cerca esas pronunciadas cuestas.

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Pero ¡ojo! El asfalto sobre el que están no es más que el tejado abuhardillado de un complejo de casas bajo tierra propiedad de esos Francisquitos rosáceos. Ahora todo encaja.

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Ese mundo misterioso acoge seres de todas las especies y condiciones. Es el encanto oculto de San Francisco. Tan plural y dispar tanto por dentro, como por fuera.

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Son los nuevos hippies que toman el testigo a aquellas antiguas generaciones antibelicistas.

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Atrás quedan esas cruentas batallas internas contra las normas establecidas que, en forma de fantasmas, atacaban silenciosamente.

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Así es el San Francisco visto desde la mirada de un niño. Una visión limpia, naif y colorista.

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Quizá sólo son ellos los únicos capaces de ver la vida en 3D.

Textos: Itziar Velasco Garralda. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013.

Localizaciones: San Francisco (California, Estados Unidos de América).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor microrrelatosvisuales@gmail.com

Que los buenos momentos duren

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M abrió los ojos fijándolos un buen rato en su dormitorio sin apenas parpadear. Durante unos eternos segundos se percató del enorme dolor que azotaba con fuerza su cabeza, y un incómodo malestar muscular le hizo pensar que había dormido demasiado.

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De un salto, se plantó frente a los enormes ventanales que, como un lienzo, le descubrían a trazos imperfectos la misteriosa ciudad que tanto le gustaba examinar. Un día precioso que nada ni nadie le iba a amargar…

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Se equipó con un cómodo atuendo, se cargó la mochila que con tanto mimo había inspeccionado previamente y comenzó a perderse decidido entre sus extraños rincones, consciente en todo momento del poco tiempo que le separaba del ansiado encuentro.

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Al girar la esquina, echó en falta la risa de los niños que cada día le saludaban montados sobre sus bicis bajo la atenta mirada de su madre.

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Le llamó la atención el deterioro de la casa de sus colegas donde cada viernes compartían extensas veladas con auténtico sabor a jazz.

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Cogió el atajo. Además, seguir las rancias vías de la línea St. Charles siempre le había divertido, con esos trenes cargados de multiculturales turistas que dejaban tiritando sus cansadas cámaras de última generación. Pero hoy no se cruzó con ninguno.

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Creyó escuchar el pitido de un tren a lo lejos, pero tardó poco en reconocer que el sonido salía de su acelerada respiración mezclado con los restos del dolor de cabeza que poco a poco remitía.

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Con cada paso, cada expiración, su mente comenzó a transportarle a todas esas infinitas conversaciones mantenidas con Rose que fueron tejiendo un estudiado plan…

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Cruzó la acera…Todo había comenzado meses atrás. Al acudir a aquel concierto que jamás olvidaría, unos relucientes mechones dorados que surgieron de la nada se enredaron de repente entre sus gruesos y oscuros dedos cuando ella fue empujada por la multitud que saltaba a ritmo de rhythm and blues.

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Aceleró el paso, al igual que sus recuerdos… Rose era perfecta. Su piel tersa, habitada por diminutas pecas que parecían cobrar vida cuando te quedabas mirándola fijamente. Unos enormes ojos color miel que sonreían a gritos entre cada parpadeo. Unos labios gruesos que rara vez no iban maquillados de vivos colores y unas curvas que hacían volar la perversa imaginación de cualquier hombre que se cruzara con su coqueto contoneo. Y blanca. Muy blanca…

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Se detuvo un instante a recuperar algo de aliento antes de proseguir su marcha. Y él era negro. Muy negro…

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Al llegar al parque aminoró el paso… Lentamente, pero con firmeza, habían ido consolidado su secreta relación. M sonrió al recordar cómo ella se paralizaba escuchando las antiguas leyendas que él le susurraba al oído sobre su tatarabuela, una conocida esclava torturada por sus supuestas prácticas de vudú y cuyo espíritu decían que vagaba por las mansiones del Barrio Francés. Rose insistía en que la anciana, desde el más allá, había propiciado el amor entre ambos protegiéndoles con esa misteriosa magia que se respiraba al andar por cualquier rincón de la ciudad.

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Cuando M llegó al punto de encuentro, antes de descargar la mochila echó un vistazo a su alrededor. No divisó ninguna silueta, ni siquiera un pájaro o un minúsculo insecto. Nada. Al consultar su reloj de imitación, recordó la constante impuntualidad de Rose, propiciada por las elaboradas excusas y mentiras que tenía que tramar para acudir a sus ocultos encuentros. Pero eso ya no iba a suceder. Huirían lejos, muy lejos. A partir de ahora, él se ocuparía siempre de ella.

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Habían pasado varias horas y ni rastro de Rose. Unas gotas de sudor cada vez más insistentes recorrían su espalda desde la nuca hasta perderse en algún punto de su negra y trasera piel. Decidió refrescar su seco y desesperado aliento y fue entonces cuando algo le hizo permanecer inmóvil. Le costó descubrirse con dificultad. El reflejo en el agua era el de un rostro desfigurado y ensangrentado. Sus manos estaban repletas de arañazos y cicatrices y entre las uñas se ocultaban restos de barro.

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Un centenar de palabras inconexas y borrosas comenzaron a formarse en algún lugar de sus pensamientos a medida que un agudo in crescendo pitido comenzó a taladrarle sus oídos.

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Sin rumbo, echó a correr lo más rápido que sus doloridas piernas le permitieron. Sin mirar atrás.

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Y, mientras susurraba el nombre de Rose de manera mecánica, se percató de que no había visto ni un alma desde que salió aquella soleada mañana a cambiar el destino de su vida.

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Desconcertado, tropezó con dos mujeres empaquetando sus pertenencias que no percibían su presencia, a pesar de que M no paraba de preguntarles, con las atropelladas palabras que su estado de angustia le permitía, qué demonios estaba sucediendo. De repente, una criolla plagada de arrugas se cruzó de la nada observándolo fijamente. Entonces, bajo la inquisitiva mirada de la vieja, recordó…

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Había sido idea de Rose quedar a orillas del río. Una pequeña barca, comprada con los ahorros que pudo reunir durante aquel verano, los alejaría para siempre hacía un futuro común. Pero aquel huracán devastó mortíferamente sus sueños. Rose, se había resguardado en la parroquia de St. Bernard confiando en que Katrina sería incapaz de irrumpir en la casa del Señor. Se equivocó. La fuerte marejada sobrepasó los diques de contención llevándose consigo el futuro de todos los allí presentes. M ni siquiera recordaba cómo aquel espantoso fenómeno había acabado con su vida. Fue sorprendido por la avalancha de agua mientras intentaba llegar a Rose… Su Rose… Un golpe en la cabeza y todo se ennegreció.

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Ajeno a los vivos, llevaba varias semanas repitiendo la misma rutina, despertando aquel fatídico día en que debía fugarse con Rose. Y aquella frase, que con un cuidado acento francés ella siempre le repetía, tomó forma dentro de su cabeza aclarándole por qué lo hacía…
Laissez les bontemps rouler”, dejad que los buenos momentos duren.

 

Textos: Yaiza Arbelo. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013. 

Localizaciones: New Orleans (Louisiana, Estados Unidos de América).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor. microrrelatosvisuales@gmail.com

La Odisea de Ulises

1

Abro los ojos. La luz me ciega. Los cierro.

2

Poco a poco voy subiendo mis párpados, los abro lentamente y dejo que el sol toque mis pupilas.

3

Un nirvana azul se dibuja ante mí. ¿Las puertas del paraíso? ¿Estoy muerto?. Mi cuerpo no reacciona. Acostado en el suelo. Inmóvil.

4

Dos grandes ojos me observan. Su mirada es fría, como el acero.

5

Muevo levemente la cabeza. No consigo ver a nadie. Sólo el cielo azul y esa palmera que no se me hace desconocida. Mi cuerpo sigue lejos de moverse…

6

Una voz me llama: “Ulises, Ulises”. Oigo, así que supongo que no estoy muerto.

7

El olfato parece funciona y me confirma que, efectivamente, no estoy muerto. Un olor familiar, una mezcla de mar, sal y pescado, me dice que estoy cerca del puerto.

8

Poco a poco mi memoria se despierta con los ecos de una extraña bebida y siento como si alguien hubiera golpeado mi cabeza. Seguro que no fue una cerveza… vagamente, recuerdo un sabor maravilloso, dulce. Licor de loto. Dicen que quien lo bebe, olvida todo. Doy fe de ello.

10

Intento incorporarme. Pero mis articulaciones son torpes y me traicionan. Todo me da vueltas y veo borroso. Las náuseas acompañan este esfuerzo titánico por centrarme y volver a la realidad.

9

Ráfagas de imágenes vienen a mi mente y danzan libremente por ella. Dos bellos rostros. Las sirenas. Una atracción profunda e intensa. Recuerdo sus cantos…

11

Su insistencia para que nos perdiéramos en aquel paraíso. Placeres exóticos. Frutos prohibidos. Creí volverme loco. De nuevo la oscuridad se cierne sobre mí. Cierro los ojos.

12

Otra sucesión de imágenes me desborda. Brebajes, substancias, pócimas, venenos, drogas… se entrelazan.

13

Con una mujer, Circe, la hechicera. Una bella y seductora flor que embrujó a mis amigos con su afrodisíacos poderes. Todos a sus pies, como lobos hambrientos.

14

Extraña dama. Insólito lugar. No recuerdo cómo llegamos hasta allí, mis visiones se diluyen en una naturaleza química, llena de simbología y grabados, y mi mente se pierde en esquinas y recovecos de ilusiones mágicas.

15

Formas y colores. Brillos y luces. Circe me tenía en sus garras. Hermosa Circe.

16

Había que desaparecer. Salir rápido, veloz. Huir en ese monstruo de hierro. Mi recuerdo se pierde en túneles oscuros.

17

Intento hacer memoria. Mi mente se ve atormentada por reminiscencias de un faro y su luz, ahora apagada hasta que lo envuelva la noche. Noche que también lleva mi cuerpo. Y lo consume sigilosamente.

18

Entre recuerdo y recuerdo he logrado levantarme, aunque tambaleante. Y las palmeras ya no son el espectro de un paraíso… ya no son dioses dibujados en el cielo, ahora se erigen verticales a mi lado, firmes, protegiendo el muro de un palacio. Consigo dar pequeños pasos. Mis piernas responden y poco a poco empiezo a caminar hasta llegar a una pequeña entrada.

19

Junto a ella el retrato de un hombre da la bienvenida a todo aquel que se atreve a entrar al fortín. Su rostro me es familiar. Su perfil. Su sonrisa irónica. Sus facciones, algo me dice que no somos desconocidos el uno del otro. Pero, ¿quién es? ¿el dueño del palacio? ¿su Rey?

21

Sigo caminando silenciosamente por un pasillo. Por fin llego a una gran sala de techos altos y abovedados, cuya única decoración son dos lámparas de hierro que apenas iluminan. Sólo la luz del sol se atreve a invadir el lugar a través de dos solitarias ventanas. De repente, otro cúmulo de imágenes se apodera de mí. Es todo tan familiar… Me detengo. Me apoyo en la fría pared.

20

La amnesia me da tregua durante unos minutos y el objeto de mi viaje se hace claro y lúcido. Ante lo reconocido, las lágrimas se abren paso e inundan mis ojos, los sentimientos se imponen al olvido: Penélope y Telémaco. Mi mujer y mi hijo. ¿dónde están? ¿Por qué no estoy con ellos? Han muerto? Mi pueblo, mis hombres, mis mujeres. Caigo de rodillas y la rabia se apodera de mí.

22

Golpeo el suelo con los puños cerrados. Siento como si me hubieran robado los mecanismos que hacen girar mi vida. La base que sustenta mi ser, mis dos razones para poder vivir. Pero en mi interior sé que debo luchar para encontrarlos, vivos o muertos.

23

Así que me levanto, y amparado por el silencio de la mañana que despunta, salgo corriendo atravesando pasillos y claustros de hermosos pórticos.

24

Una vez en el exterior, mi respiración se tranquiliza y con ella todos mis pensamientos. Mi cuerpo se relaja y la luz de un nuevo día me dice que esta vez todo va a ser distinto.

25

La muralla altiva y poderosa ya no es mi enemiga. Sus secretos son los míos porque por fin sé quién soy.

26

Un hombre se me acerca, es Eumeo, el porquerizo. Amablemente me invita a comer en su granja y su hospitalidad ante un mendigo me deja sin palabras. ¿me habrá reconocido?

27

Una voz llama en mi interior: “Ulises, Ulises!”. Sí, ese soy yo. Ulises. Rey de Ítaca. Esposo de Penélope y padre de Telémaco. Guerrero incansable. Partí hace 20 años para luchar en la guerra de Troya y tras 20 años he vuelto a mi reino para recuperar lo que es mío.

 

Textos: Trinidad Lucea Ferrer. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013. Excepto Foto #10 por Alessandro Alemanni. © 2013.

Localizaciones: Eixample dret, Barri del Raval i Barri del Poble Sec (Barcelona).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor. Excepto Foto #10 por Alessandro Alemanni.  microrrelatosvisuales@gmail.com

 

IS THE EVENT IN THE HAND OF GOD?

1

Desorientado sigo los pasos rojos de las bailarinas que tengo ante mí… No tengo fuerzas para decidir por mí mismo… no quiero deambular sin rumbo.

2

Doblo la esquina y la Luz cegadora me deslumbra y parece impulsar mis últimos recuerdos alucinados… Duele pero no quema… es Mágico…

3

Renqueante intento continuar mi camino a ninguna parte… El amarillo de los taxis se eleva, cobra vida y exaltado estalla en mi cabeza… las obras paralizan el tráfico y los obstáculos de la ciudad bloquean mis sentidos.

4

Noto cómo la sangre martillea en mis sienes y mi respiración se acelera… Elevo la mirada hacia el Arco y ésas palabras se graban a fuego en mi mente….The Event is in the Hand of God.

5

Los edificios desmesurados y amenazantes se acercan un poco más…

6

Siento como Atlas, todo el peso de los cielos sobre mí… ¿es Zeus el que se ríe allá arriba implacable?

7

Tengo que centrarme…. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Hordas estúpidas y agitadas me acosan…

8

Los edificios se descomponen y distorsionan en imágenes fraccionadas… Al igual que los recuerdos de las últimas horas aparecen seccionados.

9

¡Párate! Piensa, no te dejes llevar por el pánico… Un pensamiento circular y obsesivo aparece en mi mente…. Has errado… Has errado…

10

Necesito recobrar fuerzas por un instante… necesito calmarme… y tengo que aferrarme a un poco de tiempo para poder atrapar los recuerdos…

11

El mostrador del bar me muestra alimento que aparece triste ante mí. Me deja indiferente… ¡No lo quiero ni lo necesito!

12

La tranquilizadora imagen de mi refugio se desvanece de pronto… mi hogar… cuán lejos me siento de ti…

13

El espacio aparece desolado sólo poblado por hileras de taxis y ventanas que se reproducen hasta la nausea…

14

No hay nadie en los alrededores… Pero me siento acorralado…

15

Durmientes automóviles apilados cómo ataúdes, me confirman que estoy expuesto y debo ponerme a salvo.

16

Una imagen emerge bruscamente en mi desquiciada memoria: dóciles mortales, ladrillos rojos… ¿un puente cercano?…

17

Sigo caminando en busca de respuestas. En las afueras abandonadas, las nubes se pierden en el horizonte, y entonces recuerdas haber transitado esas calles hace tan sólo unas horas.

18

Junto a un desvencijado edificio se erigen Juncos rojos orgullosos y firmes. Extrañas entonces las Flores de Opio y el sanador ensueño al que sucumbían tantas personas muchos años, siglos atrás.

19

¡Qué fácil resultaba entonces aproximarse y desposeerles de la esencia que es tu alimento…! La luz retrocedía con facilidad para esconderse tras las pesadas nubes…

20

No puedo ocultarme en ninguno de esos cubículos, me siento atrapado entre cemento y acero. Demasiados edificios, demasiadas cruces. Mártires… no quiero descansar entre ellos.

21

Otra imagen se materializa en tu mente y recompone tus últimos pasos… y ésas Estacas clavadas en el agua de la noche te recuerdan por qué estás aquí… en esta condenada ciudad…. Huiste de Baton Rouge…

22

En el preciso instante en que las primeras farolas se encienden, sabes hacia dónde tienes que ir. Justo ahí dónde empezó todo.

23

La lánguida luz anaranjada del día que ahora mismo muere, lame el puente de Brooklyn y lo cruzo veloz sabiendo por fin a dónde dirigirme.

24

Reconozco la primera imagen que vi de esta ciudad. El agua oscurece oleosa y las ventanas se iluminan al fondo, en Manhattan…

25

¡Qué arrebato descubrir a toda esa gente deambulando incautos en el parque!

26

Sobre el escenario de Celebrate Brooklyn corretean nubes oscuras que presagian muerte…

27

El metro avanza desvencijado por un paso elevado y mi ansia crece por momentos…

28

¿Acaso necios creíais que teníais escapatoria? No hay salida posible para vosotros…

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Esos dos niños que aparentemente dormitan en el vagón con las bolsas de la compra a sus pies… Me han dado la fuerza necesaria…

29

Los embarcaderos se adentran en el río, como mis dedos furtivos codician retener la caricia del último aliento mortecino… El día expira dócilmente y al fondo, la Ciudad espera.

30

Fui avisado… Creí haber errado… Pero no fue así… porque bajo esos sugestivos colores…

31

…Bajo esos cuerpos exultantes de belleza y descaro…

32

…Mientras la música atronadora e hipnótica seduce tu juicio…

33

Descubres sustancias nunca jamás antes conocidas.

34

Todo desaparece de golpe… ni un sonido, ni un alma, me quedo ahí inmóvil, conteniendo el aliento…

35

Por segunda vez en todos estos siglos vividos siento un punzante dolor que me sacude y domina.

36

¡Yo que soy elegido entre los elegidos dudo en la encrucijada!

37

Me obligo a dominarme y tenso mis sentidos… No me importa el dolor. ¡Quiero que me inunde!

38

…porque ahora sé que ya no voy a tener que acechar en oscuros callejones cuando el día cierra…

39

…voy a poder elegir entre los cándidos mortales que habitan despreocupados los tiempos resplandecientes…

40

¡Puedo saciarme en hacinados supermercados, malolientes gasolineras, mugrientas bibliotecas, y en trastornadas tiendas!

41

Un intenso y abrumador arcoíris se abre ante mí y me dispongo a cruzar el espejo…

42

Desde la arena de la playa veo Manhattan… Y ahora me siento poderoso de nuevo… Maldita ciudad… Desde aquí os grito: ¡Voy a doblegaros!

 

Textos: Sue García Iniesta. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2011.

Localizaciones: Manhattan y Brooklyn (New York City, Estados Unidos de América).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor microrrelatosvisuales@gmail.com

Maldita comedia

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La ciudad se ha puesto en marcha mucho antes que yo. Primero me llegan sus sonidos. Familiares y cabrones. Taladran mi cerebro resacoso. Mi cerebro licuado. Y al subir la persiana la luz de un mediodía invernal invade mi cuarto y crispa mi mente.

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Cierro los ojos. No sólo para protegerlos, también estoy intentando recordar qué demonios pasó ayer. Alguien o algo me ha robado las últimas 24 horas. Me ahogo. Salgo de casa y al mirar por las escaleras siento vértigo, pero consigo retener el vómito.

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Voy tropezando hasta el ascensor. El Corazón del Ángel y mi bajada a los infiernos. Mi Divina Comedia Maldita. No era yo. Los retazos de imágenes que se asoman en mi memoria no pueden ser yo. Hay demasiada bruma en mis pensamientos.

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Recuerdos como pinceladas. Un brochazo rojo. Deshago mis pasos.

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Sí, aquí estuve. Distintas caras iguales. Cotidianidad, gente que son sólo escenario.

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Me mareo de nuevo. Tengo que apoyarme para no caerme redondo. Percibo mi propia lividez.

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Estuve aquí y no estaba solo. ¿Quién… era… ella? Un brochazo azul, un flash. Ella. Ya tengo un personaje para mi comedia.

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Subí esta escalera, pero era diferente. Era de noche. Luces. Música.

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La imagen en mi cabeza irrumpe con mucha violencia. Como un chillido agudo y amarillo. Somos ella y yo en este baño. ¡¿Quién cojones era ella!? Sexo. Sexo fugaz y violento.

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Malditas drogas, maldito camello. Valiente descerebrado. Me pasé, me pasé mucho. 

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Este rompecabezas se va completando en mi cabeza. Imágenes que intento aferrar y, como la arena en la mano de Edgar Allan Poe, se derraman por mucho que apriete el puño.

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Su cara. Recuerdo su cara. Nuestras caras en el reflejo. Abrazados, distorsionados y riendo. Borrachos. Drogados.

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Testigos mudos de qué pasó. Perspectiva. Me da la sensación de que me juzgas… ¿juez y testigo?.

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¡Dime qué pasó, por favor! ¡Dímelo! Jodida piedra muda. Jodida piedra muda como un mantra.

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Espera, jodida piedra muda, recuerdo sonidos. Y su voz, recuerdo su voz. Y su risa.

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Y recuerdo el frío de anoche. Estuvimos aquí.

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Y aquí nos paramos para besarnos y meternos mano. Riéndose a carcajadas me empujó, jugando, contra la valla… eso… fue… antes.

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Yo estaba muy excitado. El lienzo de mis pensamientos es rojo.

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Sara. El eco de su nombre resuena en mi cabeza. Sara. Sara.

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No, no puede ser. Recuerdo sangre… Y gritos. Eso fue… ¿después?

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El olor a cuero húmedo de un vagabundo, agrio y penetrante, abofetea mi percepción. Un torbellino de fluidos imaginarios embota mis sentidos. El perfume en su cuello. Su pelo, su aliento ebrio. El olor de su miedo.

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Su miedo.

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Mi odio.

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Mi memoria, mis traumas, mi locura. Estoy de nuevo en casa. He caminado en círculos. Círculos que se van estrechando y que van descendiendo.

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Cada vez más abajo, como los infiernos de Dante.

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El más profundo, el mayor castigo está aquí dentro. En mi puta cabeza.

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En mi mente enferma…

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Y asesina.

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No pude soportarlo. ¿A quién culpar? ¿A mi madre? Sí claro… el jodido Norman Bates Cabeza de Chorlito.

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No soporté el abandono. Su abandono. Ni soporté su ira. No, no fue eso. No soporté su desprecio y no soporté quedarme solo después de todos los futuros pensados y soñados. Anhelados. Alelados.

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Ahora todas son Sara. Y me vuelve a abandonar una y otra vez. Y no lo puedo tolerar. Estoy atrapado en un bucle, en un sueño telaraña.

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Abandonado. Sí, ahora recuerdo todo. No nítidamente. Faltan partes, cuadros inacabados, brochazos de nada.

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Quizás ya morí y esos peldaños que bajé son los de mi escalera de Jacob. Vivo esta situación como un sueño en un sueño. Y quizás muero cada vez que mato. Maldita Comedia.

Textos: Pedro Monedero. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013.

Localizaciones: Eixample dret, Barri Gòtic, Barri del Raval i Barri del Poble Sec (Barcelona).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor microrrelatosvisuales@gmail.com

Rebelión en la Ría

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La fábrica de la Luna ya ha puesto en marcha su maquinaria. Su luz es diferente a la de otros días.

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Horas después amanece en Bilbao. Una atmósfera rara envuelve la ciudad. Algo hace presagiar, que ese día marcará un antes y un después para sus habitantes.

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Salta la alarma. Una araña gigante de 10 metros de altura ha invadido la ciudad. Lidera un ejército de arácnidos comandado por Louise Bourgeois.

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Comienza a tejerse un plan de lo más enmarañado.

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Los leones se convierten en los reyes del asfalto. Interceptan todo tipo de comunicación del exterior.

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Puppy ya no se hace fotos con los niños y las niñas. Ya no vigila, acecha. No ladra, sentencia.

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Desde las alturas, un vigía sin rostro capta cualquier movimiento.

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Los bilbaínos huyen despavoridos al otro margen de la ría. Se sienten marionetas. No saben quién está manejando los hilos de sus vidas.

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Pero están dispuestos a defender su ciudad a capa y a espada.

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Quieren que la ciudad recupere el brillo que tuvo en su día.

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Sueñan con volver a mirarse en el reflejo de sus aguas y sentirse orgullosos.

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No más luces ni sombras.

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Horas después, la ciudad recupera su calma. Porque en Bilbao, todo es posible.

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Un lugar donde convive la tradición…

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…con la modernidad.

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Donde imaginación y realidad van de la mano, ideando mundos fantásticos.

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Donde presumen de tener su propia Torre Eiffel. Todo un Patrimonio de la Humanidad y un espectáculo diario tanto para portugalujos como getxotarras.

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Porque así son los bilbaínos: capaces de ponerse el mundo por montera.

Textos: Itziar Velasco Garralda. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2011. 

Localizaciones: Bilbao, Getxo y Portugalete.

© 2011. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor microrrelatosvisuales@gmail.com