Que los buenos momentos duren

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M abrió los ojos fijándolos un buen rato en su dormitorio sin apenas parpadear. Durante unos eternos segundos se percató del enorme dolor que azotaba con fuerza su cabeza, y un incómodo malestar muscular le hizo pensar que había dormido demasiado.

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De un salto, se plantó frente a los enormes ventanales que, como un lienzo, le descubrían a trazos imperfectos la misteriosa ciudad que tanto le gustaba examinar. Un día precioso que nada ni nadie le iba a amargar…

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Se equipó con un cómodo atuendo, se cargó la mochila que con tanto mimo había inspeccionado previamente y comenzó a perderse decidido entre sus extraños rincones, consciente en todo momento del poco tiempo que le separaba del ansiado encuentro.

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Al girar la esquina, echó en falta la risa de los niños que cada día le saludaban montados sobre sus bicis bajo la atenta mirada de su madre.

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Le llamó la atención el deterioro de la casa de sus colegas donde cada viernes compartían extensas veladas con auténtico sabor a jazz.

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Cogió el atajo. Además, seguir las rancias vías de la línea St. Charles siempre le había divertido, con esos trenes cargados de multiculturales turistas que dejaban tiritando sus cansadas cámaras de última generación. Pero hoy no se cruzó con ninguno.

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Creyó escuchar el pitido de un tren a lo lejos, pero tardó poco en reconocer que el sonido salía de su acelerada respiración mezclado con los restos del dolor de cabeza que poco a poco remitía.

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Con cada paso, cada expiración, su mente comenzó a transportarle a todas esas infinitas conversaciones mantenidas con Rose que fueron tejiendo un estudiado plan…

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Cruzó la acera…Todo había comenzado meses atrás. Al acudir a aquel concierto que jamás olvidaría, unos relucientes mechones dorados que surgieron de la nada se enredaron de repente entre sus gruesos y oscuros dedos cuando ella fue empujada por la multitud que saltaba a ritmo de rhythm and blues.

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Aceleró el paso, al igual que sus recuerdos… Rose era perfecta. Su piel tersa, habitada por diminutas pecas que parecían cobrar vida cuando te quedabas mirándola fijamente. Unos enormes ojos color miel que sonreían a gritos entre cada parpadeo. Unos labios gruesos que rara vez no iban maquillados de vivos colores y unas curvas que hacían volar la perversa imaginación de cualquier hombre que se cruzara con su coqueto contoneo. Y blanca. Muy blanca…

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Se detuvo un instante a recuperar algo de aliento antes de proseguir su marcha. Y él era negro. Muy negro…

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Al llegar al parque aminoró el paso… Lentamente, pero con firmeza, habían ido consolidado su secreta relación. M sonrió al recordar cómo ella se paralizaba escuchando las antiguas leyendas que él le susurraba al oído sobre su tatarabuela, una conocida esclava torturada por sus supuestas prácticas de vudú y cuyo espíritu decían que vagaba por las mansiones del Barrio Francés. Rose insistía en que la anciana, desde el más allá, había propiciado el amor entre ambos protegiéndoles con esa misteriosa magia que se respiraba al andar por cualquier rincón de la ciudad.

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Cuando M llegó al punto de encuentro, antes de descargar la mochila echó un vistazo a su alrededor. No divisó ninguna silueta, ni siquiera un pájaro o un minúsculo insecto. Nada. Al consultar su reloj de imitación, recordó la constante impuntualidad de Rose, propiciada por las elaboradas excusas y mentiras que tenía que tramar para acudir a sus ocultos encuentros. Pero eso ya no iba a suceder. Huirían lejos, muy lejos. A partir de ahora, él se ocuparía siempre de ella.

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Habían pasado varias horas y ni rastro de Rose. Unas gotas de sudor cada vez más insistentes recorrían su espalda desde la nuca hasta perderse en algún punto de su negra y trasera piel. Decidió refrescar su seco y desesperado aliento y fue entonces cuando algo le hizo permanecer inmóvil. Le costó descubrirse con dificultad. El reflejo en el agua era el de un rostro desfigurado y ensangrentado. Sus manos estaban repletas de arañazos y cicatrices y entre las uñas se ocultaban restos de barro.

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Un centenar de palabras inconexas y borrosas comenzaron a formarse en algún lugar de sus pensamientos a medida que un agudo in crescendo pitido comenzó a taladrarle sus oídos.

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Sin rumbo, echó a correr lo más rápido que sus doloridas piernas le permitieron. Sin mirar atrás.

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Y, mientras susurraba el nombre de Rose de manera mecánica, se percató de que no había visto ni un alma desde que salió aquella soleada mañana a cambiar el destino de su vida.

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Desconcertado, tropezó con dos mujeres empaquetando sus pertenencias que no percibían su presencia, a pesar de que M no paraba de preguntarles, con las atropelladas palabras que su estado de angustia le permitía, qué demonios estaba sucediendo. De repente, una criolla plagada de arrugas se cruzó de la nada observándolo fijamente. Entonces, bajo la inquisitiva mirada de la vieja, recordó…

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Había sido idea de Rose quedar a orillas del río. Una pequeña barca, comprada con los ahorros que pudo reunir durante aquel verano, los alejaría para siempre hacía un futuro común. Pero aquel huracán devastó mortíferamente sus sueños. Rose, se había resguardado en la parroquia de St. Bernard confiando en que Katrina sería incapaz de irrumpir en la casa del Señor. Se equivocó. La fuerte marejada sobrepasó los diques de contención llevándose consigo el futuro de todos los allí presentes. M ni siquiera recordaba cómo aquel espantoso fenómeno había acabado con su vida. Fue sorprendido por la avalancha de agua mientras intentaba llegar a Rose… Su Rose… Un golpe en la cabeza y todo se ennegreció.

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Ajeno a los vivos, llevaba varias semanas repitiendo la misma rutina, despertando aquel fatídico día en que debía fugarse con Rose. Y aquella frase, que con un cuidado acento francés ella siempre le repetía, tomó forma dentro de su cabeza aclarándole por qué lo hacía…
Laissez les bontemps rouler”, dejad que los buenos momentos duren.

 

Textos: Yaiza Arbelo. © 2013.

Fotografías y edición: Miquel Pastor. © 2013. 

Localizaciones: New Orleans (Louisiana, Estados Unidos de América).

© 2013. Todos los derechos de autor de las fotografías por Miquel Pastor. microrrelatosvisuales@gmail.com

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10 pensamientos en “Que los buenos momentos duren

  1. Qué buenoo!! me ha gustado muchísimo. La descripción de Rose me encanta. Y la sorpresa de K (no pongo más por si alguien lee los comentarios antes de meterse en el relato)… es un final que no te esperas. Genial Yai!

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