Desde el punto de ser de una nube veo ideas sin sombra sobre una extensa película y contemplo los límites del mundo.Era cálido y una brisa… Pero de pronto, se puso muy frío. No, en la memoria guardo mal la temperatura así que acostumbro a inventarla, pero sin duda albergo datos mucho más nítidos de todo lo que me rodeó en aquel asunto. Llegué al sitio temprano, mucho antes que nadie pisara los empedrados. Me movía la ilusión de encontrar una de las tres figuras lógicas que Wittgenstein había descartado en su Tractatus, la última. Dos ya habían sido descubiertas en el garaje de una vieja escuela pública de Noruega, donde en su rebelde retiro asistiera como profesor. Las figuras descartadas de su único libro, manuscritas crípticamente en tinta sobre papel, estaban engruñadas entre las ferrosas piezas de la que fue su motocicleta. Luego, las habían subastado en plan absurdo y a un precio que los chinos cuadruplicaron. Ahora permanecían ignoradas de forma inexplicable en el museo de Weihai aunque, ya había ocurrido, a un equipo de científicos chomskianos le interesaban. No más quedaba revelarlas al lenguaje ordinario y ya, por fin, descubrir la regla que, acaso, faltaba para esclarecer el tratado filosófico. Yo no me hubiera enterado de nada si no fuera porque aquel año tuve la idea de invertir todo mi subsidio en un curso sobre él en la desvencijada universidad pública.Y habían llegado a mí certeras intuiciones, en desveladas noches de insomnio, de que la tercera figura lógica me pertenecía; lo que era hallarla y traducirla.Eran enunciados sueltos que coincidían en la bodega de un legendario pueblo costero. Lo conocía, por supuesto, por eso fui.La figura, según los enunciados, se hallaría en línea al mirador candado dentro de un barril vacío. Conté tres sinsentido lógico y me lo llevé; con la suerte de que nadie me estaba mirando. No me pregunté por qué motivo el autor austriaco se había ido a pensar a una bodega, tan cerca de mar, ni por qué hubiera querido descartar allí una de sus figuras lógicas. Nadie me estaba mirando, insistió algo. Me estremecí, el sitio podía estar desalmado.Pero el misterio de las figuras me atrapaba más, así que abrí el tapón del barril e inhalé la ilusión de que mi mente se disfrazaba de figuras lógicas no mías. ¡Witt me hablaba al oído! En un alemán puro y sencillo me comentó que me fuera a pasear:«Verás a otros humanos» —susurró—. Te lo digo con sabiduría, la curva del horizonte se soporta mejor así.Me estaba descifrando su primera figura descartada; y ya, ya deduje por qué la había desestimado. Pues, porque era la mar de sencilla y el mar profundo.La segunda figura desechada era más nítida; la había conceptualizado analíticamente con la media de todos los estímulos sentidos en común; no tenía ningún misterio y me gritó:«No pienses, mira, ¡mira! …cómo pisa el perro las arenas movedizas».Caramba, todo se estaba resolviendo tan bien que la tercera figura que me acababa de inhalar sería oceánicamente clara de más. Pero no; inesperadamente se volvió a subir por su escalera transparente y se tiró en una nube.«Como sigas cuestionando mi libro te quedarás excluida». Me ¿amenazaba?Sí. Caí con violencia en mí. Lo de Witt y las figuras lógicas me sobrecargó de morriña. Como cuando contemplo el mar. Pensar que estalló en pompitas para que yo saliese a vivir. Y luego, total… Mira. Me observa en su inmensidad queriendo saber. «Pero, ¿qué demonios dice la tercera figura?»
Me ha gustado. Poético y erudito. Genial.